Publicado 11.03.2019 |

Cual capitán de un gran navío o de una pequeña embarcación, quienes estén al frente  de una travesía, interactuando con personas y en busca de un destino determinado, se enfrentan al gran reto de guiar e inspirar eficazmente a todos los integrantes, sin que decaiga la motivación ni el respeto a la autoridad del líder.
Autoridad proviene del latín auctoritas, derivado del verbo latino augere que significa aumentar, incrementar la dimensión del poder ostentado para que éste sea legítimo y por lo tanto, válido.
La relación de autoridad implica desigualdad, asimetría entre las partes; pero esta no equivalencia es voluntaria y legítimamente consentida por todas las partes. Autoridad no implica un menoscabo de la libertad, sino que actúa ineludiblemente dentro de ella, es un elemento necesario y determinante.  Cuando se ausenta el marco de libertad y se ejerce solamente el poder, estamos frente a un autoritarismo.
Es entonces cuando los pseudolíderes deciden erróneamente aplicar como recurso la dominación, que implica imponer la propia voluntad contra cualquier tipo de resistencia ante una persona o grupo. Es aquí donde puedo conseguir objetivos mediante el consentimiento superficial de nuestros colaboradores pero sin ningún tipo de motivación intrínseca de realización plena y carente de toda emoción positiva ante ello. 
Por supuesto que esta suma de logros será de corto plazo, generando entre los tripulantes (colaboradores) del viaje escepticismo, mediocridad y dosis de violencia ascendente.
El ejercicio de un liderazgo sustentable requiere esgrimir real autoridad, que únicamente será respaldada en la reputación de quien ejerza el rol. Este prestigio personal debe ser auténtico y asentado en valores tales como la integridad, la coherencia  y la ética.
Por ello, todo capitán (gerente o líder) no debe perder tiempo en contemplar sus baúles repletos de tesoros, revisar constantemente su pata de palo o de interactuar demasiado con su loro (ego).
El mayor activo en este tipo de travesía se encuentra en la interacción generosa con el otro, en verificar y ocuparse del estado de ánimo de su gente, escuchando y tomando decisiones honestas e imparciales. Para ello, nunca deben olvidar que la autoridad y el poder transitan por separado pero un verdadero capitán debe atender y desarrollarlos por igual.
Poder implicar a todos en una visión trascendente a sus vidas y su trabajo es obligación de toda persona que se encuentre frente a un grupo y desee resultados extraordinarios. Es responsabilidad del líder apoyarse e inspirar a otros para ser exitosos.
No son las fallas técnicas ni la mala implementación de una estrategia, sino los errores de factor humano los que provocan el malestar general. Generalmente la chispa del motín (descontento) se dispara  - como todas las disrupciones en un equipo - por errores de liderazgo.  Estos errores generalmente provienen de interacciones del líder y sus seguidores, pero fundamentalmente por una mala percepción de la autoridad en desmedro de la gente y una mirada displicente hacia las personas. 
Para evitar estas verdaderas catástrofes en alta mar, recomiendo no ejercer ninguna de estas acciones que desencadenan rebeliones o menoscaban la autoridad del encargado de guiar cualquier bergantín (empresa) sea del tamaño que sea:
1. No escuchas a tus colaboradores todas las veces que te lo requieren.
2. Afirmas todo el tiempo tu posición jerárquica (Yo soy el jefe!).
3. Te tomas el trabajo de resaltar que eres el más capaz de todos.
4. Te burlas de tus colaboradores por cuestiones personales o le pones seudónimos graciosos.
5. Sancionas a cualquier miembro del equipo frente al resto.
6. No reconoces logros lo suficiente o lo haces tardíamente.
7. No reconoces el esfuerzo en un trabajo que se está ejecutando. 
8. Pones en evidencia la ignorancia de tu gente sobre ciertos temas.
9. Resaltas la mediocridad de tu gente (son todos unos idiotas!).
Por todo ello, y para evitar un sorpresivo motín a bordo de tu organización que puede verse reflejado en baja productividad, pérdida de motivación y en casos extremos la renuncia, nunca se debe dejar de lado elevar el espíritu humano.
Es crucial entender que el mejor talento, cuando no  se encuentra motivado o no respeta la autoridad del líder, se va; y el talento mediocre, cuando no es desarrollado, se queda.
El buen ejercicio de un liderazgo sustentable que se ocupe de cultivar un gran clima laboral saludable, de brindar significado a la tarea que realiza su equipo y de motivarlos constantemente, evitará todo intento de motín y posibilitará un viaje pleno de aprendizaje y la llegada al mejor puerto.

Claudio Rodríguez Agüero (Argentina)
Autor del libro: El Liderazgo Sustentable, Ed. Edicon
Fundador del Centro de Estudios del Liderazgo Sustentable
www.liderazgosustentable.com